Historia  del  Reloj

A quienes nos ha tocado vivir en el siglo XX, y a principios de este tercer milenio, nos puede parecer que la medida del tiempo siempre ha consistido en mirar el aparato de mecanismo artificioso que se suele llevar como pulsera. Es un gesto que se ha hecho familiar. Si acaso el reloj se para — cosa muy rara en los últimos tiempos — conectamos la radio. En medio de la programación, entre noticias y música, se oyen varios pitidos breves seguido de otro más largo. Esa es la hora en punto, exacta, que entrega la señal horaria que trasmite el Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada de Chile


Los inicios

La medida del tiempo y, sobre todo, la utilización de relojes como los actuales se ha logrado tras muchos siglos de trabajos, estudios y de pruebas con aparatos de muy diversos tipo.

Así desde tiempo inmemorial, el hombre ha tratado de contabilizar el paso del tiempo para organizar nuestra vida y ordenar nuestro destino. Las civilizaciones antiguas lo hacían ligándolo a la alternancia del día y de la noche, así como a los ciclos de la Luna. Pero poco a poco el ingenio de nuestros antepasados fue creando aparatos capaces de fraccionar los períodos de luz y tinieblas con exactitud creciente. El reloj entraba en escena.

Primero fue el reloj solar, que indicaba los momentos del día gracias al movimiento de la sombra del Sol sobre una superficie plana, con un cuadrante. Los arqueólogos descubrieron que los chinos lo usaron unos 3.000 años antes de Cristo, empleándolo también los egipcios y los incas.

Claro que éste no funcionaba de noche ni en días muy nublados, y tampoco en el crepúsculo o el amanecer. Además, los cuadrantes tenían que modificarse según las diferentes latitudes terrestres por variar la inclinación de los rayos solares, y la medición en general no era muy segura porque la duración de los días es distinta en cada época del año.

Así nacieron las clepsidras, unos recipientes que hacían las veces de reloj de agua, fueron usados en Babilonia y Egipto primero, y luego en Grecia y Roma. El líquido iba pasando de un contenedor a un vaso o recipiente graduado, que a medida que se llenaba iba marcando las horas transcurridas. Los romanos llegaron a usar este modelo de reloj en sus tribunales para controlar el desarrollo de las audiencias. Un sistema similar solía usarse de noche, empleando velas marcadas, que a medida que se consumían iban marcando las horas, era otro método de indicar el tiempo transcurrido, conocidos también como relojes de vela.

Alrededor del siglo III de nuestra era, cuando el hombre pudo por fin dominar el arte de la elaboración del vidrio, (crisoles especiales, alta temperatura y la técnica del vaciado), apareció por fin el hoy famoso reloj de arena, con dos recipientes unidos por una estrecha garganta. La arena debía estar completamente seca y encontrar mecanismos que impidiera humedecerse, puesto que sin estos requisitos el reloj de arena ya no funcionaba normalmente. En el pasado los relojes de arena muy grandes eran difíciles de construir y manejar, sin embargo, Carlomagno ordenó confeccionar uno que solo había que darle vuelta cada 12 horas.

Bastante tiempo hubo para que las maquinarias comenzaran su reinado.

Recién en el siglo VIII el italiano Pacífico construyó un reloj accionado por contrapesas que fue obsequiado al rey Pepino el Breve por el Papa Paulo I. Eran los primeros pasos del reloj mecánico.

Hacia el año 1300 estos mecanismos ya eran habituales en los relojes de algunas iglesias europeas, al punto que el reloj de este tipo más antiguo que se conserva todavía en buen estado de funcionamiento es el de la Catedral de Salisbury, Inglaterra, instalado en el año 1386.

Sin embargo, el reloj de pesas ganaría eficiencia con el descubrimiento de la Ley del Péndulo, enunciada por Galileo Galilei hacia el año 1600. Gracias a esto, el matemático y físico holandés Christian Huyghens aplica el péndulo en los relojes con curva cicloidal en 1650, aplicando este sistema sobre un reloj de pared. También destaca Juan Harrison, mecánico ing1és, inventor del primer cronómetro de marina para determinar las longitudes y de un péndulo compensador, esto ocurre en 1735.

Ya entonces, sin embargo, habían pasado unos cien años desde los primeros relojes a cuerda inventados en la ciudad alemana de Nuremberg, lo que permitía la construcción de relojes portátiles. De esta época viene la fama de Ginebra como célebre centro relojero.

El avance del reloj había sido importante, aunque quedaban cuestiones sin resolver como el desgaste de las piezas y la consiguiente inexactitud en la medición del tiempo.

Este aspecto logró ser modificado por Nicolás Faccio en 1704, utilizando rubíes y zafiros como pivotes de los mecanismos de los relojes. La dureza de estas piedras redujo significativamente los errores de frotación y desgaste, significando una mejora importante en la industria relojera.

Hoy día, contamos con una inusual variedad de tipos y calidades de relojes: artesanales, eléctricos, cronómetros, despertadores, de pulsera, atómicos, digitales, etc.

El reloj de pulsera, por ejemplo, fue creado en 1904, por el relojero suizo Hans Wildorsf, de la famosa casa Rolex, quien apenas seis años después diseñó el primer cronómetro de pulsera. Los relojes atómicos, por su parte, comenzaron a construirse en 1949, constituyéndose en una de las primeras aplicaciones pacíficas de la energía nuclear.

Por último, digamos que el uso de las propiedades del cuarzo en los relojes se inició en los Laboratorios Beil, en Estados Unidos, y a partir del año 1980, se popularizó su uso en los relojes de pulsera, que reemplazaron el clásico cuadrante redondo, con minutero y segundero por una pantalla donde se puede efectuar una lectura directa de la hora. Se ha recorrido ya un largo camino.


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